
Hace algún tiempo vi un delicioso anuncio en la televisión: un perro era abandonado en la carretera y sus ojos imploraban que no lo abandonaran. Era un pequeño poema tierno y triste, algo cruel, quizás. Me gustan mucho más los anuncios que muchas películas malas o banales que, lejos de divertir o educar, solamente nos vuelven estúpidos. Los anuncios son ideales por tres motivos. El primero: son cortos y concisos. El segundo: en ellos aparecen frecuentemente juegos de palabras. Y en tercer lugar, aunque no menos importante: nos llegan de una forma fulminante, como un pequeño rayo de inspiración. Así, descartando los mensajes subliminales y las bobadas del tipo "sea libre con este coche deportivo", un pequeño poema vale más que ciento veinte minutos de aburrimiento.
Daniel Cassany